Nota improvisada sobre “Aita Tettauen” de Pérez Galdós

Tropas españolas en Tetuán (de http://www.vadehistoria.com/marruecos/war34.htm)

(Me sorprende un email del gran hermano Kindle pidiéndome una calificación y reseña para Aita Tettauen, novela de la cuarta serie de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós. Suelo mandar esas peticiones directamente al tacho virtual, pero en este caso, como la lectura la tengo reciente y no ha sido pobre en notas, la escribo. Y, porque no se pierda, la transcribo un poco más despacio para la Maceta)

Estoy ya bastante persuadido, por lo que llevo leyendo, de que los “Episodios nacionales” de Galdós posteriores a la segunda serie descienden notablemente en calidad (me falta por ojear la quinta serie). Este alza un poco más el vuelo: el arranque es ameno, gracias al ambiente madrileño en que tan cómodo se siente el novelista, y también a los simpáticos personajes de la familia Ansúrez. Estos tienen algo de simbolismo de la sociedad española: la hermosa matriarca Lucila podría representar a España, y su enfermizo hijito Vicente, obsesionado con los juegos militares, a ese espíritu guerrero que tan grande queda ya a un país que apenas se estaba recuperando de su debilidad.

En los ojos del niño guerrero veía Lucila algo como la regresión de un ideal que ella tenía por muerto y desvanecido; ideal que salía de su tumba para volver a la realidad viviente. También Lucila había sido guerrera, y la gallardía militar, así en los hechos como en las personas, fue objeto de su culto. Llevose el diablo estas aficiones; cambió el teatro de la vida de la joven celtíbera, y desgarrada una decoración, pusieron otra que hizo olvidar la pasada idolatría… Pues ahora, un niño inocente, precoz, enfermo, imposibilitado hasta de jugar con cosas guerreras, hacía que por la decoración nueva se transparentasen las líneas y colores de la antigua…

En el relato de la campaña, según suele ocurrir en los “Episodios” desde el inicio de la tercera serie, acaba interesando menos la trama de ficción que la parte histórica. En la tercera parte se asume el punto de vista y se imita con acierto la retórica del narrador moro (otro miembro de la familia Ansúrez, cristiano renegado), y es muy interesante la aproximación a la cultura marroquí y hebrea, que en buena medida esta campaña “descubrió” a los españoles igual que la campaña napoleónica de Egipto había redescubierto a Europa el mundo de los faraones. Recordemos aquí el Diario de un testigo de la guerra de África, de mi paisano Pedro Antonio de Alarcón, que aparece de vez en cuando. Es una delicia, en concreto, la reproducción galdosiana del habla sefardí:

Te he llamado para decirte que la otra mañana, estando yo en prado de Almorain arrecogiendo herbas, topé a un mancebo ferido, que me demandó agasajo… Yo lastimosa le truje a mi casa, aonde me dijo ser español. Su nombre es Juan el Pacificante, y tié semblan de profeta… Anda en perjudicación de la paz, y del campo cristiano echáronle por sus perdicas, y agora viene acá para que aproclamemos la paz y no la guerra… Él es bueno, es sencillo, y el habla tiene bonica española, que adulza el oído. Entra y verasle.

El mancebo en cuestión, protagonista de la mayor parte de la novela, es Juanito Santiuste, el cual me resulta una figura ya demasiado vista. Por una parte, la del típico mozo que se va a la guerra creyendo que está muy bien, y cuando ve que la gente allí se mata descubre que está muy mal: una fórmula de la que pueden salir clásicos como La roja insignia del valor de Stephen Crane, o simplezas como El húsar de Pérez-Reverte.

Por el otro lado, el personaje de Santiuste repite al héroe de Nazarín, pero menos conseguido: uno de tantos profetas iluminados, quijotes paraevangélicos o pacifistas “tolstoianos” que proliferan en las últimas etapas de la obra de Pérez Galdós. Milita por la paz y contra el celibato (que, en cambio, sí defendía Tolstoi: será porque el autor de Guerra y paz, al contrario que el de Fortunata y Jacinta, se casó y tuvo numerosa prole).

Tiene alguna observación aguda sobre los contrastes entre las civilizaciones islámica y occidental, y sobre las similitudes entre españoles y marroquíes al estilo de las de Américo Castro, en las que no profundiza demasiado: por ejemplo, parece justificar el despotismo del Sultán de Marruecos aunque no el de la monarquía carlista… en ese sentido, resulta sorprendentemente actual y progresista.

… ensalzó el beneficio grande que resulta de existir allí muy pocas leyes, simplificación legislativa que compensaba el bárbaro despotismo del Sultán. Este no era tan intolerable para el hombre flexible y astuto que supiera adaptarse al suelo, y hacer sus pulmones al ambiente de un país sin gobierno excesivo, tiranía ciega y caprichosa.

No cuenta la campaña entera, sino solo hasta la ocupación de Tetuán. Faltan la batalla de Wad-Ras, el tratado de paz y el regreso de las tropas a la Península (de su campamento surgiría el madrileño barrio de Tetuán; del metal de los cañones capturados, los leones de las Cortes).

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