La isla y la muerte

El “Doncel de Sigüenza”, en su sepulcro y con su libro, espera.

La incorporación de las islas Canarias a la corona de Castilla, después de más de un siglo de expediciones, se consumó a tiempo de transformar el archipiélago en el umbral de América que sigue siendo hoy. El episodio de la conquista del Nuevo Mundo dejó una huella profunda en la literatura, más por medio de ciertas crónicas que por los pesados poemas que se le dedicaron. En cambio, el de las Canarias ha legado unos versos leves y perdurables: una de las más bellas elegías de nuestra lengua, que tal vez cantaran las doncellas de la casa de los Peraza poco después de que, en 1447, uno de sus vástagos perdiera la vida durante una escaramuza en la isla de La Palma. Aún se seguía cantando en la Gomera cuando fue registrada en 1632:

Llorad las damas, sí Dios os vala,

Guillén Peraza quedó en la Palma,

la flor marchita de la su cara.

No eres palma, eres retama,

eres ciprés de triste rama,

eres desdicha, desdicha mala.

Tus campos rompan tristes volcanes

no vean placeres, sino pesares,

cubran tus flores los arenales.

Guillén Peraza, Guillén Peraza,

¿dó está tu escudo, dó está tu lanza?

Todo lo acaba la malandanza.

La aparente sencillez de la forma encierra imágenes rotundas. Se juega con el nombre de la isla, que de palma -hoja emblemática del triunfo- pasa a ser la perfumada y tóxica retama, o el ciprés que ya griegos y romanos asociaban con el mundo de los muertos. La maldición arrojada contra la isla y sus habitantes es de una magnitud estremecedora desde las explosivas aliteraciones del séptimo verso (“tus campos rompan tristes volcanes”): una imprecación que pudo tener en mente las catástrofes bíblicas, la historia de Pompeya o la actividad de los mismos volcanes canarios, pero cuyo horror pervive hoy en las catástrofes que desata la naturaleza o en la amenaza (y experiencia) de la devastación nuclear.

La exhortación al llanto del primer verso alcanza su mayor hondura en los últimos tres, donde no se apela ya a las damas de los suspiros o a la isla florida y hostil: se dirigen al propio muerto y al vacío que ha dejado entre los suyos. Ubi sunt? Las fuerzas de los hombres ceden ante la acechante “malandanza”, la desgracia que a todos llega para trocar en nada sus logros y sus proyectos. Asunto típico de la literatura medieval; en castellano, desde el propio Libro de Alexandre.

Creo que sabemos poco hoy día de Guillén Peraza. Digno hijo de su época y su estirpe, bien pudo haber sido un señor implacable con sus vasallos guanches, además de un joven imprudente que lanzó su hueste a una aventura superior a sus fuerzas. Poco importa ahora: la malandanza borró para nosotros sus pecados igual que sus glorias, y a través de los siglos permanece el hermoso llanto isleño por una vida marchitada antes de tiempo.

Primera versión, hace años en Magenta.
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