La isla del tesoro o la vejez de los piratas

(Memorias del club de lectura II)

El funcionamiento del círculo de lectura era sencillo: una vez al mes, en fecha convenida y domicilio rotatorio, los miembros nos reuníamos para conversar sobre un mismo libro, leído en las semanas anteriores. Al final de la sesión se acordaba cuál habríamos de leer para el siguiente encuentro; y así, sucesivamente, lo que nuestro entorno de adultos trabajadores nos dejara y nuestra constancia nos permitiera resistir (que fueron casi cinco meses).

El primero que abordamos fue La isla del tesoro, novela juvenil que, como clásico que es, a todos les sonaba pero pocos habían leído. Un mes más tarde, con alguna prórroga a nuestra impaciencia derivada de los desiguales ritmos de lectura o de los compromisos que impone la susodicha vida de adultos trabajadores, nos encontrábamos en torno a una ancha y elegante mesita de madera, sembrada de copias del mapa de la isla y presidida con toda coherencia por una oronda botella de ron que nos aseguró para la noche un suave bamboleo de camarote. Faltaba acompañamiento de música marinera, detalle en que reparamos tarde: hubiera sugerido piezas de Marina y del viejo Peter Pan de Disney, más “La del pirata cojo” de Joaquín Sabina. Había niñas pequeñas en la sala, pero jugando muy formalitas por su cuenta.

Yo ya había leído La isla siendo niño, puede que más de una vez. También había visto varias versiones cinematográficas: para mí el encantador villano John Silver había sido Robert Newton, Wallace Beery, Charlton Heston (amparando a un muchachito que nadie esperaba ver entonces tras la máscara de Batman) y, por encima de todos, un gordo e imponente Orson Welles. En esta última versión (insólita coproducción española) reparé por primera vez en el personaje de la señora Silver, la majestuosa y silente propietaria de la “Taberna del Catalejo”. Liberado de molestas incertidumbres sobre el argumento, pude releer la novela sin prisa y con delectación artística para confirmarla como una obra brillante. Ahora bien, el mayor descubrimiento fueron varias páginas de eso que los críticos llaman “paratexto”, y que mis ediciones españolas de la infancia (Molino, Bruguera, Aguilar, Salvat) me habían negado sin piedad.

En primer lugar estaba el mapa de esa isla imaginaria, seguido puntualmente a lo largo de todo el relato. Como cuenta el autor en su ensayo “Mi primer libro”, la “Isla del tesoro” fue antes –mucho antes- una pintura que una novela. Los personajes de esta nacieron teniendo ya un espacio imaginario en que vivir unas aventuras que justificaran la existencia de aquel mapa original que, extraviado por los editores, Stevenson se empeñó en reconstruir. Tanto el mapa como el subsiguiente proceso de creación (que, un siglo más tarde, J.R.R. Tolkien llevaría al mayor virtuosismo en sus sagas de origen lingüístico) no conducen a un pretendido “realismo” o verosimilitud, sino simplemente a la niñez. Los niños, que tan pequeños se ven a sí mismos en un mundo de mayores, disfrutan creando, contemplando y manejando mundos diminutos a divina escala de gigante, como recuerda el mismo Stevenson en su poema “The Land of Counterpane”.*

Luego era el poema con que Stevenson prologa la narración, donde se asocia el universo de los piratas, tesoros y tormentas explícitamente con la infancia (hoy día, el vacuo estruendo de los “Piratas del Caribe” lo vincula más bien con el infantilismo). Allí rinde homenaje a los escritores que se lo hicieron descubrir en su momento: Cooper el de El último mohicano, Kingston, Ballantyne, cuya Isla de coral revertió William Golding con harta mala leche en El señor de las moscas. En el velado “año de Gracia de 17**” de la acción de La isla del tesoro, las fechorías de los piratas aún no habían pasado de la crónica a la novela (afortunado paso que nunca llegaría a dar la conquista española de las Indias), pero Stevenson, ciudadano del siglo XIX, sí pudo leer -y luego aventajar- numerosas ficciones sobre el tema.

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Mi única lectura de Kingston, en mítica colección juvenil. La historia transcurría en el Ecuador de tiempos de la Independencia.

Pero, incluso dentro de la misma ficción, encontramos que el mundo de la piratería es cosa del pasado. Sin pensarlo mucho, solemos considerar La isla del tesoro como la novela “de piratas” por antonomasia, pero lo cierto es que los verdaderos bucaneros y sus hazañas aparecen tan solo en la conversación de los personajes, cuando estos evocan al temible y difunto capitán Flint. Los verdaderos maleantes de la historia son la antigua tripulación de Flint, quienes sobreviven en Bristol como marineros, cuando no inválidos y mendigando (el ciego Pew) o administrando cómodamente su negocio como el cojo Silver. Así pues, esta primera aventura del narrador, el joven Jim Hawkins, es afrontada por sus antagonistas como la última y definitiva: se enrolan en la Hispaniola con el ánimo de recuperar un tesoro que ellos mismos habrían ayudado a reunir en sus años de pillaje, y así gozar de una dizque merecida recompensa a su carrera

Pese a toda su experiencia, los bucaneros no cuentan con la viveza de Jim ni el coraje de los otros “buenos” de la historia (el frío y sereno doctor Livesey, el testarudo capitán Smollett, el fanfarrón hacendado Trelawney), de manera que el golpe, aparentemente fácil, acaba fracasando lastimosamente mucho antes del final: la escena de Livesey atendiendo a los piratas heridos o enfermos, no solo enaltece el humanitarismo del doctor –la literatura del XIX dejó, por primera vez en siglos, de reírse de los médicos- sino que pone en ridículo a los temibles bucaneros. Tan solo Long John sale airoso finalmente: huye con su parte del tesoro, y podemos imaginarlo reuniéndose con su esposa, que lo aguarda en algún puerto desconocido del globo para pasar juntos y en paz sus últimos días, tal vez regentando otro cubil para lobos de mar. Lo mejor o peor es que queda la sensación de que se ha ganado el premio; que merece haber triunfado en esa lucha por el derecho a una pensión digna. Esa lucha hoy tan universal, pero emprendida en la novela por hombres que no esperan que el gobierno les resuelva sus problemas.

*Puede también haber inquietantes derivaciones, como en este cuento de Crisanto Pérez.

POSDATA DEL 15 DE MARZO DE 2016: El inagotable blog La mano del extranjero dedica una de sus últimas entradas a La isla del tesoroy me complace reconocer coincidencias con el autor (aquí y allá). Creo, no obstante, que es poco comprensivo con los caballeros de la Hispaniola: a mí, me resulta simpática la colérica tozudez del capitán Smollett, y aunque ciertamente Trelawney es bastante atolondrado y ridículo, es valiente cuando hace falta (aparte del mejor tirador del grupo, lo cual concede a sus compañeros unos preciosos minutos para escapar de la goleta). Hay que tener en cuenta que se trata de personajes planos que, sobre todo, cumplen una función y crean un ambiente, lejos de la complejidad de Jim o Silver. El mismo doctor Livesey carece de aristas, y es más bien la imagen paterna “positiva”  que sirve de contrapeso a Silver. En cuanto al cuestionado derecho que estos gentlemen tienen de arrebatar el tesoro de Flint a sus antiguos compinches, qué puedo decir sino lo de que quien roba a un ladrón… 

Memorias del club de lectura I: Drácula o el mal

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8 pensamientos en “La isla del tesoro o la vejez de los piratas

  1. A modo de comentario a esta entrada, copio aquí un poema de Borges relativo a un personaje mencionado en ella (aunque, finalmente, no es él mismo, ni “La isla del tesoro”, el verdadero motivo del texto). Un espléndido poema, en mi opinión.

    Blind Pew

    Lejos del mar y de la hermosa guerra,
    que así el amor lo que ha perdido alaba,
    el bucanero ciego fatigaba
    los terrosos caminos de Inglaterra.

    Ladrado por los perros de las granjas,
    pifia de los muchachos del poblado,
    dormía un achacoso y agrietado
    sueño en el negro polvo de las zanjas.

    Sabía que en remotas playas de oro
    era suyo un recóndito tesoro
    y esto aliviaba su contraria suerte;

    a ti también, en otras playas de oro,
    te aguarda incorruptible tu tesoro:
    la vasta y vaga y necesaria muerte.

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    • Espléndido poema, en efecto. ¡Muchas gracias! No me he puesto a hacer recuento, pero me da la impresión de que circulan suficientes poemas contemporáneos con motivos stevensonianos (que probablemente deban, en la mayor parte de los casos, más a Boeges que a Stevenson) como para hacer una pequeña antología. ¿Te parece a ti? Seguro que estás más al día.

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    • (Seguro de que tu anonimato queda a salvo, Pedrete, aprovecho para saludarte con especial cordialidad después de doce años, ¡casi nada! Coincidimos, no creo que te acuerdes, en aquel curso de verano del Escorial con Álvaro Mutis y Julio Martínez Mesanza)

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      • No había vuelto a entrar hasta ahora en tu página. Gracias por lo que me dices. Recuerdo efectivamente aquel curso, pero no tu nombre; lo siento. Tienes, ya se ve, mejor memoria que yo. En fin, ¡cómo pasa el tiempo! Repito: gracias.

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      • Qué memoria ni memoria: ¡es que tú fuiste lector y yo solo alumno! Aunque sí tuve un momento de gloria en aquel curso cuando, por un error en el pie de foto, “La Razón” me atribuyó el nombre de José Luis García Martín.

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  2. Gracias de nuevo, en todo caso. Respecto a lo que dices de los poemas stevensonianos, sin duda los habrá, pero reconozco que no sé mucho del tema. En todo caso, es fácil que tengas razón en lo de la herencia más borgiana que del propio RLS. Borges es una mina. (Y, escrito esto, me sonrío al pensar en la gracia que esa frase haría a un argentino, para quien “mina” es, desde luego, otra cosa).

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  3. Un saludo muy cordial, Manuel. Soy José Miguel, el autor de “La mano del extranjero”, y llego de la mano del enlace que has puesto en tu propio blog y por el cual, claro, te doy las gracias. Que este maravilloso libro de Stevenson vincule dos blogs en los que veo que compartimos gustos e inclinaciones es otro de los dones que debemos agradecer a tan imborrable historia.

    Imborrable y rica. Es cierto que en mi comentario soy duro con Trelawney y Smollett, del mismo modo que en otras lecturas antiguas luché a su lado en la estacada y el capitán, cierto es, todavía hoy me inspira un buen grado de respeto: severo o no, es la viva estampa de la honradez y el deber. Trelawney, ahora mismo, no figura entre mis personajes favoritos, aunque reconozco que ayuda a ello la interferencia con algunas de sus personificaciones en cine, en especial la de la famosa versión de la Metro con Jackie Cooper y Wallace Beery (guardaba buen recuerdo de ella, de los días de la infancia… y se me ha venido abajo por blanda y por cómoda), donde lo encarna Nigel Bruce, un actor especializado en hacer de tontainas (es uno de los “culpables” de que la imagen del buen doctor Watson sea la de un obtuso). En cualquier caso, la relectura periódica del libro, y a diferentes edades de nuestra formación personal, revela que la historia también crece y se renueva con nosotros. No puedo asegurar que en otra zambullida futura quien merezca ahora mi reprobación no sea el mismo Jim Hawkins y yo mismo me una a los pobres piratas que se lo quieren cargar nada más verlo de regreso en la estacada, sabedores todos de que ese muchacho tan intrépido tiene muchas, pero muchas cartas…

    Un abrazo y gracias de nuevo.

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    • ¡Qué sorpresa! Bienvenido a esta humilde maceta cultural que riego desde el Perú. No recordaba al pobre Nigel Bruce haciendo de Trelawney; la verdad es que de esa versión de “La isla del tesoro” solo conservo la simpática sorpresa de reconocer en la cara de viejo pequeñito de Jim Hawkins los rasgos de niño grande de Perry White, director del “Daily Planet”.
      Brindo (con ron) por nuestros gustos compartidos. También te enlacé hace unas semanas por el comentario de “Bearn”… Otro abrazo y gracias a ti.

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