“Tubo, moto, palo y caja”: una comedia negra

(Josué Aguirre Alvarado, Tubo, moto, palo y caja. La comedia piurana, Piura, Pluma Libre, 2008)

Ahora que surge la editorial Caramanduca, y que la empresa literaria de Magenta permanece a pesar de los pesares, reproduzco esta crítica mía de la novela de uno de sus principales animadores, Josué Aguirre Alvarado, por si desapareciera de donde la colgué.

Josué Aguirre se estrena como novelista en la misma editorial donde un año antes vio la luz, con notable éxito, su primer libro de cuentos, Galletitas de limón. Cómo será recibida Tubo, moto, palo y caja, me refiero a qué tal habrá de venderse y cuánto de leerse, creo que es pronto aún para saberlo, pero no me cabe duda de que la obra prueba la creciente maestría que Aguirre va adquiriendo en el arte y oficio de narrar. El subtítulo de La comedia piurana podría aludir al recurso del humor y la caricatura – la novela contiene episodios hilarantes desde el mismo comienzo – tanto como al balzaquiano intento de construir una realidad concreta y bien delimitada, en este caso toda una comunidad urbana.

En este caso, el punto de vista y el ámbito de acción son los de esa multitud de piuranos pobres que se busca la vida en el centro de la ciudad y de noche regresan a sus eufemísticos “pueblos jóvenes”. Llegan a todas partes; ellos son la ciudad por más que los ocupantes del centro procuren apartarlos de su vista o, por lo menos, mirar hacia otro lado cuando tratan de venderles algo, les transportan en su vehículo o tocan la guitarra en sus fiestas. El símbolo de este universo es, precisamente, la mototaxi que un día tras otro los transporta y alimenta precariamente.

Ese vasto panorama se nos revela a través de las experiencias y desventuras de la familia Noni: Walter el mototaxista, su esposa Lidia, los hijos Bambú y Elder (la clásica dualidad de Caín y Abel) y el dinámico abuelo El Joven (sic), auténtico patriarca cuyo ciclo vital será el único que se nos dé a conocer completamente. Josué Aguirre sabe articular la historia con ritmo y amenidad, alternando las tramas que protagonizan los respectivos personajes y dosificando el suspenso, la tragedia, el humor y la ternura. Teñidos estos dos últimos, no obstante, de un negro que a veces es el del luto (el recuerdo de la hijita difunta) y otras el de las aguas residuales que llegan a anegar la ciudad.

El conjunto es pesimista. El autor logra que los lectores se interesen por el destino de sus héroes, tan complementarios y tan creíbles, y que simpaticen con ellos, pero eso mismo torna aún más patético su fracaso. La integridad moral de los Noni, su carencia de “viveza criolla”, no les reporta beneficio alguno y de hecho los separa de su propio ámbito social, discapacitándolos ante quienes son menos escrupulosos para adaptarse a su entorno. Quizá el desengaño religioso de Lidia tenga que ver, precisamente, con la constatación de que la bondad no es materialmente rentable.

Podríamos interpretar el contraste desde un perfil más positivo: la combinación de un medio urbano ingrato, donde priman la injusticia y el egoísmo, sería contrapesada (al igual que en cierto cine neorrealista italiano) por la garantía de seguridad, de amor y de esperanza que ofrecen la familia, y ocasionalmente los amigos. A veces hasta queda un resquicio para las grandes ilusiones, frustradas para Walter y halagüeñamente abiertas para Bambú. Pero la fantasía no dará lugar a milagros como los que imaginó Vittorio de Sica, sino que desembocarán en un desenlace de pesadilla, con la ciudad devorada por su propia suciedad y sus propios gobernantes corruptos. En la dimensión apocalíptica de este final tal vez resida la mayor debilidad del relato, que abandona el acertado tono realista y cotidiano en torno a los Noni.

Me explico. Es posible entreverar el destino de una comunidad con el de un individuo, pero tan ambiciosa meta hubiera requerido más páginas, más años y, quizá, una familia más dilatada y relevante. Digamos que unos Rostov o unos Buendía piuranos. Es muy sugerente una Piura devastada, pero ésta hubiera sido escenario y material más propio de un relato de corte fantástico. Lo cual, por otra parte, no es sino un indicio más de la gran cantidad de argumentos e historias que bullen en la cabeza de nuestro joven escritor, y de lo impaciente que está por contarlas todas. Las esperamos.

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