Rayos mortales, naves espaciales

 

De Arthur C. Clarke, a falta de otra cosa, sé que escribió el relato del que salió 2001: una Odisea del espacio de Kubrick (leí también en una tarjeta de Trivial, hace décadas, que tuvo algo que ver con la invención del radar, pero vete a saber si es verdad, porque en Trivial también decía que José –sic- Luis Borges había ganado el Nobel de Literatura…). O sea, que su nombre queda asociado de inmediato a la ciencia-ficción “seria”. Desde luego, a juzgar por lo que escribe en su narración “Carrera de armamento”, le debía de tener bastante ojeriza a la ciencia-ficción popular al estilo de Flash Gordon, y me imagino que debió de gruñir ante el ascenso y consolidación cultural, desde los trasteros de la serie B, del modelo Star Wars. Pobre 2001.

—Me alegra deciros que no he visto «La amenaza marciana» (—Yo sí la vi — se quejó alguien al fondo—. Todavía estoy intentando olvidarlo). Pero no nos interesa el argumento en sí. Lo escribieron tres hombres en un bar del boulevard Wilshire. Nadie sabe con certeza si «La amenaza» quedó así porque los guionistas estaban siempre borrachos, o si tenían que mantenerse borrachos para enfrentarse a «La amenaza».

 

Sí, esgrima. Era aquella una civilización que poseía energía atómica, rayos mortales, naves espaciales, televisión y otras comodidades modernas semejantes, pero cuando se trataba de un enfrentamiento entre el capitán Zoom y el malvado emperador Klugg, el reloj volvía atrás un par de siglos. Se veía a muchos soldados empuñando pistolas de rayos de aspecto mortal, pero nunca las utilizaban. Bueno, casi nunca. A veces, una lluvia de chispas perseguía al capitán Zoom y le chamuscaba los pantalones, pero eso era todo.

 

El modelo Mark II llevaba todo tipo de artilugios, incluyendo una pantalla de televisión. Si el capitán Zoom se encontraba ante un monstruo en plena embestida, todo lo que tenía que hacer era poner en funcionamiento el aparato, esperar a que los tubos se calentaran, comprobar el selector de canal, ajustar el sonido, enfocar, manipular los mandos de línea y pantalla… y apretar el gatillo. Afortunadamente, era un hombre de reflejos rápidos. El director quedó encantado y ordenó la inmediata fabricación del Mark II. Se construyó otro modelo ligeramente distinto, el Mark IIa, para la diabólica corte del emperador Klugg. Ambas partes no podían poseer las mismas armas, por supuesto. Ya os dije que los miembros de la Productora Pandemic eran el esmero personificado.

Está incluido en los Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco, que en lo que llevo de lectura me parecen una colección de tramas muy originales, cuya falta de “chispa” en las conclusiones se compensa con una ironía encantadora. Dejo dos ejemplos más, del mismo cuento, con otro tema:

Bill [estaba] aún escocido porque un editor americano acababa de devolverle unos relatos totalmente serios alegando que no le habían hecho reír

 

—¿Existe realmente una industria cinematográfica británica? (…) —Claro que sí. Y está en muy buenas condiciones. El Gobierno establece unos impuestos tales que la lleva constantemente a la bancarrota, y después la saca a flote con enormes subvenciones.

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