Mis Episodios nacionales (de Galdós)

En desesperado intento por encontrar algún lector más, copipasto un artículo reciente en nuestra muy local prensa local.

Y justifico su existencia: la puesta en marcha del Proyecto Bicentenario de la Universidad de Piura me sugirió retomar la lectura de los Episodios nacionales de Galdós, cinco series de novelas (en total, 56) de las que yo sólo había leído la primera, o sea la buena según dicen algunos,y en todo caso la más conocida. Empezaban mis años de secundaria cuando desde Gijón llegó a mi casa, como herencia familiar, una montaña de libros. En ediciones decimonónicas, la formaban casi todas las novelas de Palacio Valdés, Pereda, el padre Coloma, la Historia de España de Modesto Lafuente y largo etcétera del que me robó la atención un tomo más bien pequeño, pero de título misterioso y retumbante: Napoleón en Chamartín. Y con él me chapucé por vez primera en las sabrosas aventuras de Gabriel Araceli, de las que se valió Galdós para novelar la guerra de la Independencia española.

Araceli era para mí un nuevo tipo de héroe, sumamente simpático. No era un superdotado hombre de acción como otros de mis “modelos” de entonces –los mosqueteros, Miguel Strogoff, Rudolf Rassendyll-, que todo lo resolvían mediante la violencia, la carrera, el salto y la nocturnidad. Galdós presentaba un joven pícaro aunque honrado, con alternada buena y mala suerte en sus pretensiones de desposar a la joven Inés, su novia de toda la vida. Al mismo tiempo que la historia iba cediendo mayor espacio a la fantasía (acerca del misterioso origen noble de Inés), el autor fue transformando el carácter de Gabriel: niño asustado y mero testigo en Trafalgar, pillo embustero y hábil a partir de La corte de Carlos IV, serio y maduro protagonista desde Cádiz. En esta última novela, la rivalidad entre Araceli y el byroniano Lord Gray es un episodio al que mi memoria regresa con avidez; como también su desesperada marcha a través de una Castilla invernal para salvar a Inés (en Juan Martín el Empecinado) o a su labor como espía y combatiente herido en La batalla de los Arapiles. El matrimonio y los galones de general coronaban el reconfortante final de la historia.

No he caído en la tentación de releer esta primera serie de Episodios, entre otras cosas por temer que no se repitiera el encanto de hace un cuarto de siglo. Pero hace poco decidí retomarla por la segunda serie (sobre el reinado de Fernando VII), como digo por interés “profesional”. Mis expectativas de gozo estético eran bajas, de lo que culpo al monumental empacho de (mal) realismo que arrastro desde mi doctorado. Sin embargo, y tal vez gracias al efecto sorpresa, la seducción volvió a surtir efecto. Como un abuelo ideal, Pérez Galdós cuenta sus historias con llaneza, sin preocuparse aparentemente de estructuras, puntos de vista, “páginas bien hechas” o de esconder su propia y bienhumorada voz de narrador.

Ciertamente, eché en falta atractivos de la primera serie. Como novela histórica, resulta algo amargo el paso de la épica nacional a la mezquindad de las facciones políticas. Como ficción, el destino de los personajes no llega a resultar siempre interesante: por ejemplo, el protagonismo se reparte entre el arribista Juan de Pipaón o el romántico (es decir, fatalista y grandilocuente) Salvador Monsalud, a quienes respectivamente no hubieran venido mal la honestidad y el sentido común de Gabriel Araceli. Galdós, siempre cervantino, lo es a veces de manera demasiado tosca, y construye demasiados personajes secundarios a evidente imitación de don Quijote: quijotes tradicionalistas y quijotes liberales, caricatura de la insensata sociedad española.

 Aun así, creo que la segunda serie también posee grandes aciertos. Entre los personajes reales, me quedo con su divertido retrato de los nuevos escritores románticos, desde Chateaubriand a los del “Parnasillo” (unos mocosos llamados Espronceda, Larra, Bretón, Pardo y Aliaga…), y también el bribón de Fernando VII me parece muy notable (lástima que no aparezca más).* Los turbulentos amoríos de Salvador también “atrapan” durante varios tomos de la serie. Ahora, que a quien el autor tiene sin duda más cariño, y se contagia, es al bonachón de don Benigno Cordero, ejemplar burgués y ciudadano de la nueva España liberal. Hasta tal punto Cordero representa el ideal de héroe cívico para Pérez Galdós, que le está reservado –y no a Monsalud- protagonizar el episodio militar más glorioso y emocionante de toda la serie: el enfrentamiento de los milicianos nacionales con la Guardia Real en 7 de julio.

Estoy empezando ahora la Tercera serie, pero noto ya en ella un cansancio por parte del autor (la empezó a escribir ya viejo) que también se me hace contagioso.

* En los tiempos en que Planeta y sus satélites nos hacían llover novelas tituladas casi siempre Yo, Fulano, salió una ficticia autobiografía de Fernando VII: Memoria secreta del hermano Leviatán, de Juan Van-Halen. Me pareció un plomazo.

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4 pensamientos en “Mis Episodios nacionales (de Galdós)

    • Tiene razón! No doy con la manera de elegir tipo de letra a mi gusto y que la página me haga caso. Será culpa de WordPress, o de mi computadora? Intentaré remediarlo (aunque eso mismo prometí con mi ilustración de portada, y ahí sigue…)

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    • Buena observación, Félix: desde luego, a Galdós le quedaban fuerzas de sobra. Pero su estilo y su inventiva, en “Zumalacárregui” y en “Mendizábal” que son los que voy leyendo (como he declarado al final de mi artículo en “El Tiempo”, planeo algo masoquistamente llegar hasta “La vuelta al mundo en la Numancia”) me parecen ya repetitivos, sin la frescura de las series anterores, con un alargamiento y complicación de las tramas que se me antoja algo pesado y gratuito. En la segunda, sigue la manía de Galdós contra el Romanticismo, pero ya sin la gracia de los tomos anteriores (hay una semblanza, muy divertida pero muy breve, del poeta Miguiel de los Santos Álvarez, a quien de los pocos a los que les suena de algo, es por la cita que le hace Espronceda en “El diablo Mundo”).

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