Aquellas mascotas

Don Quijote advertía a don Lorenzo, el estudiante que se empeñaba en ser poeta para preocupación de su padre, que podrá ser famoso si se guía más por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento corre más este engaño. Saco esto no por lo de la fama, que nunca me dio muy fuerte y se me curó más bien pronto, o por lo del parecer ajeno, que deseo agradecer, sino por ese exceso de benevolencia que entraña la “paternidad del entendimiento”.

Si hay unos versos que pueda querer como hijos y me resista –pese a sospechas- a reconocerlos como feos, son los del par de poemas, o poema doble, que titulé Mascotas. El cariño que les tengo no tiene nada que ver con el título*. Son los primeros que me tomé no como un exabrupto mental al que había que hacer arreglos ulteriores, sino como una seria y rigurosa construcción. Tantas vueltas le di a la forma y ubicación de cada verso que cuando, en circunstancias tragicómicas, perdí su única copia manuscrita, lo pude reconstruir a fuerza de memoria y con sensación de que me estaba quedando no igual, sino mejor**.

Asocio los versos también a dos viejos amigos, entonces jóvenes promesas y hoy cumplidas realidades en sus respectivos panoramas literarios: la poeta Ana Vega y la revista Fábula. De una conversación con Ana, en algún bar de la empinada calle del Rosal (Oviedo), surgió el tema del amor gatuno compatible con su orgullosa independencia; luego, los gatos se negaron durante semanas a salir de mi cabeza, y de los primeros apuntes resultó al fin un parto monstruoso de gemelos, gato y lobo. En cuanto a Fábula, tuvo la gentileza de incluir los poemas resultantes en su número 5: la primera vez que se imprimían unos versos con mi firma y sin vergüenza.

Esto prolongó, de hecho, mi desvergüenza. Mis Mascotas le cogieron el gusto a verse entre grapas, y se convirtieron en publicación más que reincidente, por supuesto con alguna que otra corrección. Reaparecieron en un fanzine riojano (¿o fueron dos?). Ya en Perú, en la revista Magenta. Y el colofón: aparecieron en la Pembroke Magazine (University of North Carolina), sabiamente traducidos por las hermanas Giudici.

¿Y tanto preámbulo para esto?, me dirán. Bueno, después de lo dicho, insisto en que lo merecen. Son animales nocturnos pero que me han dado, alternadamente, mucha compañía: el gato que amaba a su pesar, y el lobo que deseaba ser amado. Hoy mis fatigas corren en otro sentido, pero los saco a pasear –creo que por última vez- porque hemos crecido juntos y, por más que lo intento, no consigo que me parezcan feos.

* Es más, es la primera vez que se me ocurre esa posibilidad: será que empiezo a verlos como algo ajeno, escrito quand’era in parte altr’uom da quel ch’i’ sono.

** Insisto: era mucho más joven que ahora.

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