Que viva Crichton

Aunque por razones profesionales y personales uno tiende a echar pestes de los bestsellers y del padre que los engendró (ya hablaremos otro día de eso), revivo estos días el placer con que allá por los 90 leí unas cuantas novelas de Michael Crichton. Parque Jurásico me interesó desde antes aún que Spielberg se metiera a explotar a los pobres animalitos del Cretácico, con irreversibles consecuencias para nuestra cultura audiovisual, no todas malas. Esfera infundía un terrible suspenso a un viejo tema de la ciencia-ficción culta (Solaris, de Stanislav Lem) o de culto (Planeta prohibido, leo que de Fred M.Wilcox). El gran robo del tren era un misterio “victoriano” sin el enredo de los de Wilkie Collins o de Sherlock Holmes, pero donde el lector presenciaba, desde el reverso y con viva simpatía por los geniales delincuentes, al planeamiento y ejecución de un crimen parece que verídico.

Ahora me encuentro leyendo en cómoda edición electrónica (deja una mano libre para sostener a un bebé que se adormila) El mundo perdido, segunda parte de Parque Jurásico. Huele a bastante pasada de moda, y además a peor escrita que su lejana antecesora, pero puede que la culpa sea de las películas, o de que se me ha ido aguzando la exigencia literaria en este par de décadas. En todo caso, la lectura empezaba por un agradable reencuentro con el mordaz matemático Ian Malcolm, salvado de morir en la novela anterior, donde exhibía ante los personajes un envidiable pensamiento crítico.

No ha aparecido todavía abiertamente ningún lagartazo, cuando se revela, para mí, el tesoro. Es decir el párrafo que obliga a echar de menos el lápiz y la otra mano libre; la persuasión de haber encontrado la novela cuya lectura obligar a los estudiantes y profesores de ciertas facultades técnicas, para hacerles repensar alguna que otra cosa y sacudirles el guindo utilitarista –o el naranjo, yo me entiendo- a ver si por una vez se caen:

Cuando no se dedicaba a sus tareas académicas, Thorne actuaba a menudo como testigo pericial en juicios que requerían la opinión de un experto en ingeniería de materiales. Se especializó en explosiones, accidentes aéreos, desmoronamientos de edificios y otras catástrofes. Con estas incursiones en el mundo real se reafirmó aún más en su idea de que los científicos necesitaban una educación lo más amplia posible. Solía afirmar: “¿Cómo puede diseñarse algo para la gente si no se sabe nada de historia y psicología? Es imposible. Ya que por perfectas que sean las fórmulas matemáticas la gente meterá la pata. Y si eso ocurre, la culpa será de ustedes”. Sus clases estaban salpicadas de citas de Platón, Chaka Zulu, Emerson y Chang-tzu. Pero como profesor querido por sus alumnos – y como defensor de una enseñanza de carácter general-, Thorne no tardó en descubrir que nadaba contracorriente. El mundo académico avanzaba hacia un conocimiento cada vez más especializado, expresado mediante una jerga cada vez más opaca. En este ambiente gozar de las simpatías de los estudiantes se interpretaba como indicio de superficialidad, y el interés en los problemas del mundo real revelaba limitación intelectual y una lamentable indiferencia ante la teoría. En una reunión de departamento uno de sus colegas se puso de pie y anunció: “Las pavadas míticas de un chino no sirven de un carajo para la ingeniería.”

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