San Jorge según Cunqueiro

Llega San Jorge, o sea Sant Jordi, con dos días de retraso para salvar al Barza (adopto la ortografía habitual en la prensa peruana, muy coherente con el destierro al que hace siglos sometió el castellano a la çedilla), y se trae por las hojas el aniversario del fallecimiento de nuestro padre Cervantes, a quien los pedantes llaman Cervantes Saavedra como si hubiera otro con el que pudiera confundirse, y de nuestro hermano el Inca Garcilaso. También tocan el Día del Idioma, el inmenso Shakespeare, el día del Libro, el premio que le cae como un guante a Nicanor Parra… Celebro la fiesta con esta versión, cómica y poética, del caballero celestial y de una bestia enamoradiza y legalista, obra del fantástico Álvaro Cunqueiro a quien debo y prometo un homenaje porque el año pasado dejé pasar sin él su centenario:

Apareció en una cueva, cercana a la ciudad de la viuda, una bestia mitad dragón y mitad humano monóculo, que sabe encender fuego, y come asados rebaños enteros. Hacía muchos estragos, robaba cerdos, una huerta entera de lechugas sólo le servía para hacer una ensalada, y cuando se emborrachaba, soplaba fuego y quemaba casas. Un día preguntó por el alcalde, y dijo que si le daban una hermosa para bodas, que se volvía pacífico y vegetariano. (…) Discurrieron que saliese la cieguecita, que no le tendría miedo a la bestia no viéndola, hasta el prado frente a la cueva, y que le tendiese al monstruo un papel de dos varas cuadradas en el que estaban escritas las capitulaciones matrimoniales, y bienes separados, todo en la prosa misma de Justiniano. Y la bestia tenía que leer el documento de pe a pa. La cieguecita le dio el papel al monstruo, quien se relamía de gusto viendo aquel pimpollo morenito, subido a un tablado adornado de guirnaldas y tapices. La bestia, por demostrar que era culta helénica, se puso a leer el documento en voz alta, sacando en lo posible voz humana, y ceceando, que es moda en la Hélade desde que bajó, por el verano, una cantaora gaditana, y estaba el monstruo perfumado porque se había revolcado todas la mañana en dos hanegadas de espliego florido. Y cuando la bestia estaba en las que llaman cláusulas de estilo y citas de leges, apareció Jorge galopando, lanza en ristre, y antes de que el lector se diese cuenta, ya le entraba el hierro en la boca por la K de un “kyrie”, metiéndole la K dentro de la boca abierta al decirla, y en llegándole la lanzada a las amígdalas, que las desgarró, sin más expiró la bestia. Expiró, y se desinfló poco a poco, hasta quedar reducida al tamaño de un sapo. La envolvieron en las capitulaciones matrimoniales, y después la enterraron. Desinfectaron la cueva, y ahora tienen expedientado a Jorge para santo, que es el doce dragón que mata, y además sin cobrar.

— ¿Y la ciega?

— Ella quería tocar a Jorge y enamorarse de él, pero el paladín ya se había marchado, galopando, a su selva de Capadocia. Ya que no pudo tocar a Jorge, se enamoró, dolorida, de su ausencia, para ella representada por el eco del galopar de un caballo a mediodía. La madre intenta que se dicte una ley que prohíba los caballos en aquella región, por ver si la cieguecita se va olvidando de Jorge, y pone más atención en el estudio del piano, método Ginz para los privados de la vista.

(Álvaro Cunqueiro, El año del cometa)

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