Ciento en la herradura

Con mis escritos puramente creativos soy más bien pudoroso, por razones obvias. Desmerecen de sus modelos, si los tienen, y en todo caso nunca me parece que estén plenamente acabados. Algunos, con el paso del tiempo, me llegan a avergonzar terriblemente. Por eso me atrevo a sacar a la luz prosa menuda de tamaño y de ambición, en forma de glosas, notas, comentarios…

Pero sigo haciendo mis pinitos de verso y prosa de ficción. Normalmente, bajo presión exterior (por inspiración o por encargo, como dije una vez). Algunos se publican y no me sonrojan del todo; otros hasta llegan a enorgullecerme, porque ha pasado tanto tiempo desde que los redacté que puedo leerlos con placer y, al mismo tiempo, sin la sensación de haberlos escrito yo.

Sea como sea, el blog tenía que tener una categoría de creación literaria, que por las razones expuestas (y remachando las originales razones) decido titular “Ciento en la herradura”. La primera de todas era rigurosamente inédita, pero creo que me dedicaré sobre todo a enlazar obra ya publicada y dispersa entre las mallas de la red: el blog también sirve como archivo y egoteca –adopto el término aprendido de mi gran amigo Alejandro González-Acosta.

No descarto dar una en el clavo alguna vez, claro que no seré yo quien lo anuncie. Este martillazo es reciente, del penúltimo número de Magenta: Mi visita a Oxford, en honor a uno de mis territorios míticos predilectos (por ahí cuentan que verdaderamente existe, y debe de ser verdad aunque no tan bella como la pintan).

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