Ars magna

Salgo de la biblioteca fatigado y no del mejor humor, tras una larga corregidera en la que he estado vengando, no tan implacablemente como quisiera, más agravios al conocimiento, a la gramática, a la ortografía y a la misma inteligencia de los que hubiera esperado. Mis manos sudan, sin ninguna gloria, tinta roja.A la puerta me saluda un grupito de alumnas que tuve el año pasado -memorable promoción- y me detengo a conversar un rato por distraerme. Dispuestas, recién fuera de clase, a encerrarse en la Biblioteca y seguir estudiando para sus prácticas, me confiesan extrañar las asignaturas de Humanidades. El plan de Humanidades de la Universidad, por el que pasan los alumnos de todas las facultades, ocupa los dos primeros años, y ellas ya tienen solo cursos “de carrera”, en este caso de Derecho.

Yo, que entre una tanda y otra de exámenes rayados, estuve hojeando sin lápiz y con afán de distraerme las sobrias memorias de juventud de Julián Marías, pienso en su entusiasta recuerdo del flexible programa de Filosofía y Letras que diseñó el decano García Morente allá por 1932, cuyo objetivo era “evitar la tendencia al especialismo, a reducirse a los límites de la sección propia”. Me agrada y entona, volviendo a mi circunstancia, encontrar estudiantes que, pese a haber entrado en la Universidad con el claro objetivo de una buena preparación “técnica” para su futura profesión, no se conforman con esa meta utilitaria. Aspiran, según veo, a disfrutar de lo que saben, y a aprender no necesariamente para algo (sin duda será siempre por algo: ellas sabrán). Mi tónico agrado se eleva hasta casi el estupor (mientras retiñen de gozo las nueve bóvedas celestes, supongo)* cuando añaden que solo les queda el consuelo de la asignatura de Teología…

En un muy reciente y razonable artículo de la prensa española, el autor mostraba un panorama algo sombrío de cómo se valora hoy la actividad de estudiar. La crisis de los estudios que “no son útiles” se habría extendido a, simplemente, los estudios; esto por causa de la crisis que realmente preocupa, o sea la económica. Compruebo, después de mi coloquio a las puertas de la Biblioteca, que hay alumnos vacunados contra ella. Quiero pensar que gracias a las Humanidades. No creo que lleguen a los límites de aquellos universitarios que ovacionaron a Morente cuando este declaró, en la inauguración de Filosofía y Letras: “Señores, el que se matricula en esta Facultad hace voto de pobreza” (¡con razón se acabó haciendo sacerdote!); pero sí que, hoy como entonces, valorarán por lo menos lo que de esta formación en Letras les ayude a

no confundir la buena literatura con la mala, un buen cuadro con un cromo, un razonamiento riguroso con una falacia (…) leer con emoción a los clásicos o a los contemporáneos. Y, en buena medida, (…) no engañarse en la vida, en la amistad, en el amor, en la política.

Yo salía cansado, y ellas entraban a seguir hincando los codos, gozosamente, en Teología: para mí que aquí hay algo de simbólico. Volví a casa invadido de una reforzada pasión docente (la humanística jamás se me debilita, creo), parecida a la que hace unos meses me dejó el personaje de la sin par Michelle Pfeiffer en Mentes peligrosas.

*Espero que sepan perdonar: acabo de dar alguna clase sobre la Divina comedia.

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3 pensamientos en “Ars magna

  1. Los cursos de humanidades nos ayudan a ver y envolver los conocimientos propios de la carrera con la comprensión del hombre en sociedad. La historia, la literatura y la filosofía son claves para ello.

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    • Yo aún diría más: “Si sostenemos que la enseñanza debe preparar a los alumnos para la vida, sería bueno tener en cuenta que los problemas de la vida se parecen poco a los de respuesta única que los estudiantes encuentran en las distintas disciplinas académicas. En la vida, los problemas raramente tienen una única solución correcta, son muchas veces sutiles, en ocasiones ambiguos e incluso se nos presentan en los términos de un dilema.
      “Considerada en su conjunto, cada existencia humana, la propia biografía, es el resultado y el ejercicio de un arte -el de vivir- y no la aplicación mecánica de una serie de técnicas psicosomáticas” (María Gracia Amilburu, “Historias de hombres y mujeres en términos de luz: el papel del cine en la educación”, en Revista mexicana de investigación educativa 15 (2002), p. 359)

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