El juego de estar calladas

(Cuento con mogollón de valores a partir de una idea original de Flavia Prendes)*

Había una vez un castillo muy lejano, muy lejano, que estaba en un país también muy lejano muy lejano y en el que había una escalera larga larga que bajaba hasta el jardín. En el castillo vivían el castellano y la castellana junto con sus siete hijitas, siete princesas muy bellas, muy bellas, pero que no paraban de hablar de día ni de noche.

El pobre castellano se pasaba el día escuchando cómo chillaban: “¡Papáaa! ¡Papitoooo!” hasta dejarle la cabeza como un tambor, porque las princesas no sabían ni siquiera hablar bajito. Se perseguían por los pasillos riendo como locas unas veces, y otras llorando por cualquier cosa: “¡Papito! ¡Mi hermanita me está fastidiando!”. “¿Cuál?”, contestaba el pobre papito castellano, que ya no sabía ni a quién reñir porque las princesas armaban tanto ruido y se movían tan rápido, que más que siete hijas le parecían setecientas.

Pero hete aquí que un día al papá se le ocurrió una idea. Llamó una mañana a sus hijas: “¡Niñas! ¡Vengan aquí ahora mismo!”. Las siete princesas bullosas, en cuanto oyeron a su padre, fueron corriendo a ver qué quería decirles. Eran revoltosas, pero la verdad es que le querían mucho y se lo pasaban muy bien jugando con él cuando no lo desesperaban.

-¡Niñas, princesas mías!- anunció el castellano- ¡Os voy a proponer un juego divertidísimo! ¡El juego de estar calladas!

A las princesas la verdad es que no les gustó mucho la idea:

-¡Jo, papito, no nos gusta estar calladas! –protestaron las princesas.

– ¡A mí me encanta chillar desaforadamente y sin motivo alguno! –añadió la princesa más gritona, que era además algo repipi.

– Pero veréis qué bien os lo vais a pasar. ¡Tendréis que usar toda vuestra imaginación para deciros todo lo que os queráis decir! Hablaréis y gritaréis con las manos y los dedos, con los brazos y las piernas, con los ojos y la ropa y con los gestos, por escrito y señalando… ¡con todo menos con la voz!

Las princesas se miraban unas a otras. Dudaban. Aquello ya les sonaba interesante. ¡Pero no poder hablar les iba a costar mucho trabajo!

Pero el papá, al ver que no se decidían del todo, anunció a sus hijitas:

-La que gane el juego, ¡recibirá un gran tesoro!

¡Un tesoro! Las princesitas nunca habían visto un tesoro. Se entusiasmaron muchísimo pensando en todo lo que podía haber dentro de ese cofre enorme y precioso que su padre les mostraba. Así que exclamaron todas:

-¡Sí, papi! ¡Sí, papito! ¡Vamos a jugar a estar calladas! ¡El tesoro será para mí! ¡No, para mí! ¡Yo sí que no pienso decir ni una palabra!

-¡A callar, niñas! –clamó el papá, dando palmas- El juego empieza… ¡ya!

Y las siete princesitas se callaron como tumbas. Ya no abrían la boca más que para comer, o para sacarse la lengua si se estaban peleando y sus papás no las veían. También descubrieron que podían adivinar lo que las otras decían fijándose mucho en el movimiento de sus labios. Abrían la boca mucho y muy despacio la movían para decir, por ejemplo, “TEEENGO MUUUUCHA SEEEED”. Se contaban cuentos y chistes por señas, y se reían mucho aunque intentando que no se les oyera. Se escribían cartas con letras de colores, grandes y bonitas. Así pasaban los días, sin decir esta boca es mía, sin decir ni mu ni pío, ni chus ni mus, porque estaban dispuestas a ganar el tesoro misterioso que les había prometido su papá.

Y así sin hablar, sin hablar una palabra, pasaron siete años. El castellano reunió a las princesas en el salón del palacio y les dijo:

-¡Niñas! ¡Habéis jugado muy bien! ¡No he oído ni una palabra en todo este tiempo, así que ha habido empate! ¡Todas sois ganadoras!

– ¡BIEEEEEEEEN! ¡VIVAAAAAA! – gritaron todas las princesas. Solo la pequeña, la más hablantina, se estuvo callada, porque se le había olvidado hablar después de tantos años.

– ¡Ajá! –dijo el papá- ¡Habéis picado! ¡Priscilina, tú eres la ganadora! –porque se llamaba Prisicilina la princesa más joven.

Y la llevó a los sótanos del castillo, al final de la escalera larguísima, en el jardín subterráneo con árboles de oro y de plata, para que abriera el cofre del tesoro.

La princesa Priscilina levantó la tapa del cofre muy emocionada. ¿Qué habría dentro? Pero no encontró en el interior oro ni plata, joyas ni pulseras, caramelos ni mazapanes. En cambio, lo que había era un papel enrollado con una cinta roja.

La princesita le quitó la cinta al papel y lo desenrolló, para ver que allí estaba escrita una carta con letras bien grandes:

“Hijita mía, tú y tus hermanas os habéis estado calladas todo este tiempo. No os habéis peleado, habéis escuchado a vuestros papás y habéis estado atentas las unas a las otras. La paz y la tranquilidad han reinado en el castillo, y NO HAY MAYOR TESORO QUE ESTE dentro de una familia, sobre todo si vive en un castillo. Te lo regalo (el tesoro, no el castillo), para que lo compartas con tus hermanas y no lo olvidéis jamás”.

A la princesita le volvió la voz:

-¡Qué bonito! Gracias, papá. Pero… ¿no hay nada más? Creí que me regalarías un viaje. Yo quiero ir a muchos países, porque no conozco…

-¡Por supuesto, hija de mi alma! – contestó el castellano.- ¡Vamos donde tú quieras!

Y las siete princesitas se fueron a España con sus papás y la recorrieron de un lado para otro. Cuando volvían a su casa, el galeón en que viajaban recogió un pececito que se hizo amigo de la princesa Darla, y eso enfadó mucho a su papá (al del pececito) que era grande como un cachalote y estaba enamorado de la ballena gigante del Polo Norte. O sea que el castellano y sus hijitas fueron hasta el Polo Norte, con el frío que hace allí, pero eso es otra historia para contar otro día. Lo importante es que eran todos muy felices, así que colorín colorado.

*La ilustración original de este cuento se ha perdido. La sustituyo por la de una edición doméstica de El príncipe porquerizo de Hans Christian Andersen, que no tiene mucho que ver pero ambienta.

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4 pensamientos en “El juego de estar calladas

  1. Y los cuentos que le salen a uno “de la cabeza” para entretenerla, cuando estamos más dormidos que despiertos, son también de buena Ciencia Ficción pero a ella no le gustan mucho… lástima jeje.

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  2. ¡Que buen cuento!, pienso leerselo a Illacori y Qorianka, a la hora de dormir, pues las caperucitas y lobos y cerdos y demás se van ya destiñendo de tanta vista que les he pasado. Recuerdo también haberle inventado un cuento a Illacori un día que no quería dormirse y yo no quería leerle nada, pero no me salió tan bueno como el tuyo…
    JGSC

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