Cómo ganar tiempo en una novela de aventuras

   Entre mis primeros libros leídos con lápiz está ¡Espérame en Siberia, vida mía! de Enrique Jardiel Poncela, buen humorista en sus comedias y mejor aún en sus novelas. Espérame… parodiaba en 1929 el género de la novela folletinesca de aventuras, tan popular desde hacía más de un siglo: el argumento calca Las tribulaciones de un chino en China de Julio Verne, y a lo largo de la historia se suceden, de manera divertidísima, viajes por toda Europa, peligros mortales, fugas por los pelos, pasiones ridículas, personajes cosmopolitas y estrafalarios…

   Mi rayado de las páginas, en aquella ocasión, no fue muy concienzudo: marcaba, como recuerdo, los fragmentos que sencillamente me hacían reír a carcajadas. No fueron pocos; claro está que algunos han perdido efecto con las relecturas posteriores. Entre los que conservo más vivos y risueños está el momento culminante en que uno de los héroes de la historia, el arrepentido criminal Manuel Roa (a) el Poresosmundos, se ve rodeado por el malévolo doctor Fäber y sus sicarios de la Unión General de Asesinos sin Trabajo:

El Poresosmundos comprendió que no tenía salida. Aquello iba a acabar muy mal. Intentó ganar tiempo y lo consiguió enzarzando al doctor en una tenebrosa disputa sobre la patria de Cristóbal Colón.

   La absurda situación muestra dos típicos recursos bestselleros: uno, el tiempo que pierden los personajes en resolver una escena de clímax, que crea suspenso y demora la solución inesperada; otro, la pedantería de ciertas novelas que arruinan su mérito de estar muy bien documentadas con su manía de querer demostrarlo a cada momento.

   Digamos que me acordé mucho del Poresosmundos y Fäber cuando, años después, en una célebre y muy seria novela de aventuras, me di de narices con un capítulo en que el héroe y sus aliados, al encararse finalmente con la femme fatale antagonista, sostenían un diálogo con muestras como esta (imposible reproducirlo entero, porque ocupa varias páginas):

La mujer enarcó una ceja, mirándola igual que si la viese por primera vez.

–¿Quién es?

–No me diga que no lo sabe… ¿No la había visto antes?

–Nunca. Me hablaron de una jovencita, pero no de dónde salió

–¿Quién le habló de ella?

–Un amigo.

–¿Alto, moreno, con bigote y una cicatriz en la cara? ¿Con un labio partido?… ¡El buen Rochefort! Por cierto, me gustaría conocer su paradero. No muy lejos, supongo… Escogieron ustedes dos dignos personajes.

Por alguna razón, eso alteró la impasibilidad de Liana Taillefer. La uña lacada en rojo se hundió en la colcha del mismo modo que si buscara la carne de Corso, y los ojos parecieron deshelarse con destellos de furia.

–¿Acaso son mejores los otros comparsas de la novela?… -había desprecio, arrogancia insultante en el modo con que Milady irguió la cabeza para mirarlos uno tras otro-. Athos, un borracho; Porthos, un idiota; Aramis, un hipócrita conspirador…

–Es un punto de vista -concedió Corso.

–Cállese. ¿Qué sabe de mis puntos de vista?… -Liana Taillefer hizo una pausa, alto el mentón, los ojos clavados en Corso como si ahora le tocase el turno a él-. En cuanto a d’Artagnan -prosiguió-, ése es el peor de todos… ¿Espadachín? Sólo tiene cuatro duelos en Los tres mosqueteros, y vence cuando Jussac se está levantando o cuando Bernajoux, en un ataque ciego, se ensarta con su espada. En el asalto con los ingleses se limita a desarmar al barón. Y necesita tres estocadas para derribar al conde de Wardes…

(Arturo Pérez-Reverte, El club Dumas)

   Las similitudes son claras. En cuanto a las diferencias, son fundamentalmente dos: la primera, la extensión; la segunda, que el más breve es deliberadamente grotesco. Jardiel pretendía parodiar las novelas de aventuras y Pérez-Reverte homenajearlas. Pero, después de haber criticado ciertos tópicos de la novela folletinesca (el muy detectivesco “¿Pero cómo lo supo?”), cuesta aceptar que esta incontinencia erudita de los personajes sea una sutil ironía sobre el género y no un descomunal autogol del autor.

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Un pensamiento en “Cómo ganar tiempo en una novela de aventuras

  1. Como decía en clase el profesor de literatura y amiguísimo nuestro se “recomienda vívamente” Espérame en Siberia vida mía, es una novela para disfrutar riendo… difícil de igualar! Por cierto, gracias por recomendámela en su momento ;)

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